Liderazgo: para servir o ser servidos

Hay una gran historia oculta en el Antiguo Testamento acerca de un joven monarca llamado Roboam. La hallamos en el libro 1 Reyes, capítulo 12. Roboam era hijo del hombre más sabio que jamás haya existido: el rey Salomón, cuyo imperio tuvo un programa de construcción continuo. De modo que cuando Salomón murió, la nación estaba cansada, puesto que siempre habían trabajado muy duro.

Por ello, en cuanto el joven Roboam ascendió al trono, el pueblo se presentó ante él y le dijo lo que registra el versículo 4: «Tu padre agravó nuestro yugo, mas ahora disminuye tú algo de la dura servidumbre de tu padre, y del yugo pesado que puso sobre nosotros, y te serviremos».

Roboam pidió consejo, como cualquier líder sensato.

Primero, les preguntó a los ancianos de su consejo [o gabinete ministerial], acerca de qué debía hacer. Ellos le respondieron, según el versículo 7: «Si tú fueres hoy siervo de este pueblo y lo sirvieres, y respondiéndoles buenas palabras les hablares, ellos te servirán para siempre».

A Roboam, sin embargo, no le agradó aquella respuesta, por lo que se dirigió a los más jóvenes —aquellos que crecieron con él, sus contemporáneos— y les pidió sus sugerencias. Ellos le respondieron: «Así hablarás a este pueblo que te ha dicho estas palabras: Tu padre agravó nuestro yugo, mas tú disminúyenos algo; así les hablarás: El menor dedo de los míos es más grueso que los lomos de mi padre. Ahora, pues, mi padre os cargó de pesado yugo, mas yo añadiré a vuestro yugo; mi padre os castigó con azotes, mas yo os castigaré con escorpiones».

Le invito a que lea en qué resulto la historia, aunque es probable que sepa que fue en algo no muy bueno. Sin embargo, aquí tenemos un principio básico: que el consejo de los ancianos era el correcto.

El liderazgo fue creado para servir, no para ser servidos.

¿Está usted sirviéndole a su gente?

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